Wednesday, August 31, 2022
Tuesday, August 23, 2022
Tuesday, May 31, 2022
Historias de Chicago: Homenaje a Luis Rafael Sánchez
HISTORIA DE CHICAGO / Centro Cultural Segundo Ruiz Belvis /
Octubre 1994 / Evento: Homenaje a Luis Rafael Sánchez
En octubre
de 1994 la Universidad de Illinois en Chicago (UIC) celebró su Primer Encuentro
de Escritores Latinos y Feria del Libro y les ofreció a diferentes centros
culturales la oportunidad de hacer un evento con el/la escritor/a invitado de
su país. Yo llevaba varios años de voluntaria coordinando eventos y ayudando en
lo que fuera como parte de la junta del centro cultural puertorriqueño Ruiz
Belvis, que quedaba a la vuelta del primer trabajo que tuve en Chicago. Cuando
me preguntaron si estaba interesada en hacer algo para Luis Rafael Sánchez dije
el SÍ más rotundo que alguna vez haya dado una novia enamorada. Porque amor y
admiración era lo que yo ya sentía antes de conocerlo y, gracias a las musas y
los duendes, no me decepcionó cuando compartí con él. Me di a la tarea de
coordinar un homenaje sin dinero ni apoyo de los medios de comunicación, los
cuales sólo cubrirían una noticia como ésta si les pagáramos primero por un
anuncio. En esos tiempos no había Facebook ni nada por el estilo para hacer
publicidad, tenía que hacer invitaciones, comprar sellos, mandarlas por correo,
llamar por teléfono, dejar carteles en restaurantes o lugares públicos. Los/as
seis gatos/as del barrio que trabajábamos de voluntarios, más los 2-3 empleados
del centro que trabajaban por poquitísimo salario hicimos todo aportando dinero,
tiempo, usando y “tomando prestado” el equipo y materiales de nuestros
respectivos trabajos, gastando todas las energías que un cuerpo puede acumular
para poder hacer dos trabajos: uno que paga las cuentas, otro que alimenta el
espíritu. Todo se hacía con muchas ganas, pero siempre teníamos el temor de que
no viniera nadie al evento, no por nosotros, sino por la vergüenza que
representaría para el invitado. Aunque Luis Rafael Sánchez es conocido en
Puerto Rico y entre las personas que leen literatura, en Chicago ninguna
escuela enseña sus libros, ni siquiera a nivel universitario. Tuve profesores
que me dijeron que no entendían sus libros porque escribe “demasiado
puertorriqueño”. No había garantía de que viniera gente. El plan el día del
evento era que Luis Rafael presentaría su ponencia en el Encuentro de
Escritores Latinos, y cuando terminara, se iría conmigo al centro cultural para
el homenaje. Yo (con mi pelo ensortijado a base de permanentes) también estaba
participando como moderadora en algunas presentaciones en UIC, así que tuve la
oportunidad de compartir y almorzar con el escritor durante el día, además de
charlar con él en privado cuando lo llevé al evento en mi carro. Resulta que
Luis Rafael Sánchez estaba muy triste y decaído; la razón: el actor
puertorriqueño Raúl Juliá había muerto recientemente, y el día del evento era
su funeral en Puerto Rico. Tanto Luis Rafael como Raúl Juliá vivían en Nueva
York y eran amigos, habían compartido en varias ocasiones y tenían esos lazos
de amistad y familiaridad que se construyen en la diáspora entre gente del mismo
país. Yo también estaba muy afectada con la súbita muerte del actor, no porque
lo conociera y fuera amigo mío, sino porque exactamente 2 años antes mi hermana
Griselle había muerto en Nueva York, de lo mismo que murió Raúl Juliá: un
derrame cerebral. Ambas historias son similares: el actor estaba en la ópera
cuando sintió un dolor abdominal; mi hermana jugaba tenis cuando les dijo a sus
amigos que sentía un dolor estomacal. Ambos sufrieron un derrame estando ya en
el hospital que resultó en estado de coma hasta sus respectivas muertes. Mi
hermana tenía 35 años cuando murió, Raúl tenía 54, con ambas muertes quedó ese
sentimiento de que todavía les faltaba tanto por hacer y lograr, ese trago
amargo de injusticia divina. A Luis Rafael Sánchez le hubiera gustado estar
presente en el funeral de Raúl Juliá, despedir a su buen amigo, apoyar a su
familia, pero no podía cancelar su presentación en el Encuentro con pasajes
comprados, hotel pagado y cobrando por su asistencia. Así que llegó a Chicago
cargando su dolor en la maleta y compartiendo su tristeza con esta otra
puertorriqueña que lo llevaba a un evento celebratorio en un momento que lo
menos que quería era celebrar. Cuando llegamos a Ruiz Belvis faltaban 10-15 minutos
para la hora pautada del evento. Aunque lo común era que ningún evento empezaba
a la hora destinada, estaba loca por llegar para ver si había gente y
asegurarme que todo estuviera en orden. Había un grupo de personas parada
afuera, y pensé que estaban fumando y charlando en lo que llegaba gente al
lugar, pero cuando el escritor y yo subimos las escaleras que nos llevó al
salón de eventos del centro cultural no podíamos creer lo que veíamos: la sala estaba
repleta, todas las sillas ocupadas, gente parada dentro, gente esperando afuera,
grupos llegando de los suburbios, grupos llegando de otros estados. Mi asombro,
alivio y felicidad fueron inmensos, y Luis Rafael no estuvo seguro de que todo
ese barullo tenía que ver con él hasta que vio el enorme dibujo de su persona
que hizo Ramón Marino y que engalanaba el podio que había en el escenario. Lo
interesante fue que Ramón no era conocido como pintor, sino como cantante
acompañado por su guitarra, pero el dibujo en tela que hizo del escritor nos
impresionó a todos. Creo que se lo ofrecimos de regalo al escritor, pero él
prefirió que se quedara en el Centro y allí estuvo por muchos años. Menciono
también a Abraham Martínez profesor de Elgin College quien leyó una semblanza
del autor; a la puertorriqueña Maribel Hopgood, quien trabajaba para el
Municipio de Chicago, y nos ayudó creo que con la placa y refrigerios; a Andrés
Briganti quien tomó las fotos que acompañan esto que escribo; a todos los
miembros de la junta como Myrna Rodríguez, Carmen Álvarez, Ada López, mi mentora
América Sorrentini y tantas otras personas que ayudaron y vinieron al evento y
no nombro porque la memoria me falla después de tantos años. Recordando esa noche, pienso que en realidad
fue un homenaje a Raúl Juliá con Luis Rafael Sánchez de orador contando historias
sobre su amistad con el actor y el legado de películas y actuaciones
magistrales que nos dejó en herencia. Luis Rafael no logró estar en el funeral
de su amigo, pero sí le rindió tributo y homenaje en una sala atestada de
boricuas que admiraban a ambos. Y, como todo un caballero galante y cortés,
pocos meses después recibí una carta suya dándome las gracias. Una carta que he
guardado desde entonces como símbolo de que a veces la vida te quita y te
tumba, pero otras te manda recompensas que hacen pensar que todo vale la pena. ©JVP
Saturday, May 14, 2022
Friday, April 29, 2022
American Writers Festival May 15, 2022 at the Chicago Cultural Center
For More Information:
Tuesday, April 19, 2022
Friday, April 1, 2022
Wednesday, March 16, 2022
Wednesday, March 9, 2022
Ensayo “La poética curativa de Johanny Vázquez Paz” en revista Suburbano
La
poética curativa de
Johanny
Vázquez Paz
Por Anjanette Delgado
Hacia una
nueva construcción del femenino puertorriqueño
Nací en Puerto Rico, donde los machos, lo que se identifica como macho, odia a
lo que percibe como débil. Lo odia por ser débil y cuando intenta ser fuerte,
lo aplasta, para enseñarle quién manda.
Podría decirse que eso aplica a muchas cosas. A ancianos desvalidos, a los
niños, a las personas transgénero, a algunos animales. Pero nada odia más un
macho (dije macho, no hombre) puertorriqueño que a una mujer. El patriarcado
vive a sus anchas en mi isla.
Y
no es que ocurra solo en Puerto Rico. Claro que no. Es que allí nací yo y tengo
mil imágenes violentas que aparecen como fotos sueltas cuando cierro los ojos:
el basquetbolista que mató a su mujer a martillazos (y salió en libertad), el
camarógrafo de WAPA-TV que hizo lo mismo con toda su familia, mujer e hijos (y
que era vecino nuestro; su esposa y mi madre habían aprendido juntas a hacer
bizcochos de piña en una sartén y sin usar el horno). El hombre que daba
palizas a su mujer delante de sus amigas (mi padre).
Más recientemente, está el boxeador que lanzó a su amante al río y le tiró
piedras después de muerta, los que matan a mujeres transexuales desamparadas
por osar usar un baño público y el que mató a una mujer que no conocía porque
no se apuró a devolverle el teléfono celular que él mismo había dejado botado
como a niño descuidado.
Es una enfermedad y
no soy la única que lo dice. El portal 80 Grados preguntó desde hace años si
«¿Puerto Rico odia a las mujeres?». Remezcla (un portal que se ocupa más del
entretenimiento) publicó una columna titulada «Puerto Rico’s Rising Femicide
Problem» y, más recientemente, un gobernador fue expulsado de su cargo por,
entre otras cosas, impulsar la misoginia en sus comunicaciones por chat con
subalternos.
Por años he
sospechado que nuestra particular cepa de violencia de género es culpa de la
colonización eterna. O quizás no, y es solo mi manía de querer explicar lo
inexplicable, de asegurarme de que no estoy loca. Que no imaginé el horror de
la violencia que me exilió siendo muy joven, y que me mantiene, décadas
después, buscando cómo regresar, si no en cuerpo, entonces en alma.
Quizás por ello,
encontrar la obra poética de Johanny Vázquez Paz hace unos años me ha servido
de refugio en mi desarraigo, de farol alumbrando mi condición de mujer
puertorriqueña en la diáspora. De taller donde comenzar a reconstruirme, la
obra sirviendo de abogada de mi psiquis siempre lista a debatir, de escultora
ayudándome a repensar mis límites, y, creo, en la socia arquitecta de mi
femenino puertorriqueño.
Y no es que ella
siempre escriba sobre puertorriqueñas ni sobre Puerto Rico, sino que en cada
pieza, en cada poema, está ese subtexto auténtico que reconozco y me reconoce:
la puertorriqueñidad femenina en el contexto patriarcal colonizado, que también
incluye lo que emerge para las que hemos optado por exiliarnos buscando «estar
más tranquilas», frase eufemística para decir que algunas (como yo) no podemos
vivir y ser plenamente nosotras mientras leemos los titulares diarios de
ataques violentos a otras mujeres, a menudo incluyendo agresión sexual, sin que
la paranoia de, «¿cuándo me tocará a mí, o peor, ¿a mis hijas?» nos
persiga y nos limite.
Como ejemplo, su libro más
celebrado, Ofrezco mi corazón como una diana (Akashic,
2019), en el que Vázquez Paz hace lo que siempre he querido hacer: se enfrenta
al enemigo, como en estas líneas de su poema «Mi turno»:
«Sé que pronto me tocará a mí. Sentiré el
golpe mientras camino
despreocupada. La mano sudorosa tapará mi
boca y vomitaré el grito en
su palma. Una bala tallará en mi cráneo un
corazón, o quizás el filo de
un metal tatuará un collar en mi cuello.
Mi sangre se hará un río en sus
dedos tan anchos como el río Bravo”»
La fuerza de esos
versos viene de imágenes que no son hipérbole. En mi isla, hasta el odio macho
es creativo. No basta matar, hay que grabar. No basta lanzar, hay que apedrear.
El peligro es constante y claro, como lo advierte este poema publicado hace
casi década y media, «La calle está dura y otras razones» (Poemas Callejeros,
Mayapple, 2007):
«Está dura, te digo, duuura la calle ni se
te ocurra darle a algún pana tu
dirección
ni tu teléfono, ni digas nunca dónde
trabajas,
no salgas sola, ni con amigas ni con tu
primo ni con tu tío, ni con tu jefe o algún cliente,
que te roban, o te violan,
o te pegan cinco tiros por puro vacilón».
Y nada ha cambiado.
Pero esto es lo interesante, y, creo yo, lo curativo: la narradora de los
poemas de Johanny Vázquez Paz no tiene miedo. (Lo mismo aplica a las
protagonistas de sus cuentos, pero ese es otro tema). Ella solo observa. Te
dice. Enfrenta lo que puede pasar, lo que ha pasado, lo que está pasando,
mirando directamente al rostro de los culpables. En «Hija de la violencia»
describe lo que es vivir siendo un milagro, tras ser acuchillada siete veces
estando aún en el vientre de su madre:
«La piel de mi madre me protege, armadura
endeble donde la tormenta me arrastra hasta el fondo:
si todo hubiera terminado allí su vientre
sería hoy mi tumba».
Esa narradora
víctima habla para desvictimizarse, para reclamar lo que es suyo —su voz, su
narrativa— sin que su verso sea necesariamente una protesta. Es como si
arguyera que no hay vergüenza en ser víctima, porque no depende de nosotras.
Allá el victimario que tendrá que vivir con lo que ha hecho, y con aquello en
lo que sus acciones lo convierten.
La obra es,
entonces, una observación prolongada, una mirada fija, sosegada pero firme en
lo que está exponiendo. Leo y me pregunto qué visión formidable tiene que guiar
tal valor en la página y le escribo a la poeta para preguntarle.
Me responde que no
puede hablar de las mujeres porque no hay grupos. Somos todas diferentes y no
siempre solidarias. Es cierto, pienso, y me dejo fascinar por su objetividad
libre de romanticismos, de dobleces. Me dice, «De lo único que estoy segura es
de que mientras vivamos en sociedades patriarcales vamos a estar en desventaja.
Y si la sociedad patriarcal se junta con la religión extremista, no tan solo
vamos a estar en desventaja, vamos a estar en peligro. En el poema “Arma de
doble filo” juego con eso de que no importa si tenemos pistolas para matar a
todo el que nos haga daño, siempre vamos a estar en desventaja porque ellos
están en control de las leyes; en cualquier minuto nos quitan los
juguetes/armas».
Busco ese poema que
ella menciona y que denuncia al gobierno/sistema/poder organizado por su
complicidad con la violencia contra las mujeres y que comienza con:
«El año que nos mataron
todas teníamos pistolas
…y termina con:
Desde luego nos defendimos pero ellos
siempre tuvieron más armas y la ley a su favor».
Es cierto. Todos estamos colgados del mismo sistema
que se perpetúa a sí mismo, que se auto protege. Quizás por eso el irse no es
suficiente. Como en el caso de Vázquez Paz, las heridas patriarcales se
reparten antes de nacer.
En Sagrada Familia (Isla
Negra, 2014) Vázquez Paz comienza a trazar ese proceso desde la niñez —con la
familia, en este caso, la puertorriqueña— como entidad sagrada que, ayudada por
la iglesia (la religión), preside sobre la labor social de preservar lo mismo
que debilita a los miembros más indefensos.
¿Quién de nosotras
no carga inconscientemente con las advertencias que nos deformaron la niñez,
pegadas aún a nuestra piel como lapas, y que sospecho son las mismas que la
narradora de, «Llenas de gracia» recuerda en estas líneas:
«No te preocupes más, madre,
los vecinos ya no hablan de nosotras, se
han mudado,
estamos solas».
Increíblemente,
leer a Johanny Vázquez Paz solo me hace más mujer, y más puertorriqueña, porque
me enseña a observarme con objetividad. La verdad. Lo que soy. A lo que tengo
derecho. El hecho de que ella escriba ahora desde la diáspora, pero comparta
las imágenes que hacen juego con mi perspectiva, me reafirma en que no dejé de
ser puertorriqueña cuando salí de la isla porque, para bien o para mal, lo que
te forma te acompaña incluso en el autoexilio, como muestra el desgarrador
poema, «Carta a mi madre desde Chicago»:
«Pero, no te preocupes, mami, no es tan
malo como tú piensas.
Aquí hay millones de trabajos
mal pagados hay muchísimo dinero
en otras cuentas
hay edificios nuevos cada semana
que atrapan a la gente detrás de cada
puerta.
Si sueno triste es tal vez por la
nostalgia del que extraña la patria, la familia y el
todo,
por el frío que entumece más los huesos
cada año,
por la lista de las cosas por comprar que
crece como niño bien alimentado,
por los problemas que cada día me visitan
sin invitarlos.
Estoy bien, sobrevivo día a día
arreglándomelas sola,
no sientas pena, viejita, aquí la vida es
perfecta…»
Esa
combinación en la voz narrativa, la de «mujer puertorriqueña marcada por su
isla patriarcal y ahora en el exilio», puede deprimirme a veces,
pero también me construye. Me ayuda a aceptarme. A conocerme. Me
acompaña. Me dice que debe haber una razón para haber nacido en una isla
contagiada sin remedio de machismo, que controla a sus mujeres desde niñas. Que
por algo caminamos por la isla con un blanco de tiro en el pecho, tanto así que
esto que describo ya ha sido declarado «oficialmente» una emergencia nacional,
lo cual no cambia nada, pero confirma el problema. No estamos locas.
Hay una cosa más que Johanny Vázquez
Paz logra con su poesía: me obliga a revisar mi visión del amor al «enemigo» y
hasta mi heterosexualidad. Separa a hombre de machos y me dice que no tengo que
vivir en guerra. Esto lo hace en todos sus libros, pero primordialmente
en Querido Voyeur (Torremozas, 2012), al que
pertenecen estas líneas del poema «Habitante en tus manos»:
«Voy a tirarme al mar para que traces mi
espalda en tu lienzo. El cuerpo entero meteré en su boca. De cabeza entraré con
los ojos abiertos. Dejaré que la ola desahogue su odio».
Fue fortalecedor ver que esos versos no tenían por qué
pelearse con la realidad de vivir en un país, y sí, también en un mundo, un
globo terráqueo, depredador:
«… estoy segura de que, por cada 5
mujeres que hablan, cien se callan. De todos modos, es importante hablar porque
leyendo artículos sobre estos casos yo recordé muchísimos incidentes que había
escondido en el fondo del baúl de la memoria. Es deprimente darse cuenta de que
desde niña/o hay hombres adultos a tu alrededor que te miran como un objeto
deseado de sus perversiones sexuales».
Y así me voy
reconciliando con la realidad. Con como esa realidad me ha formado. Con cómo
esta poesía me cura, me redime y me arma para la lucha con herramientas que no
tenía: valor, y una imagen clara de mí misma como mujer puertorriqueña, independiente
de esa sociedad y sus hombres, sobreviviente del lado oscuro de su cultura, y
de su propio corazón que sigue amando a su isla a pesar de todo.
Escrito por Anjanette Delgado
Publicado en la revista Suburbano
Libros citados en este ensayo:
-Poemas Callejeros (Edición bilingüe, Mayapple, 2007)
-Querido Voyeur (Torremozas, 2012)
-Sagrada Familia (Isla Negra, 2014)
–Ofrezco mi corazón como una
diana (Akashic, 2019, edición bilingüe ganadora del prestigioso Premio Paz de
poesía.)















.jpg)