También teníamos el mejor lugar del mundo: el Viejo San Juan, en sus mejores tiempos, cuando se podía ir de barra en barra con una cerveza en la mano, paseando un cigarrillo en la otra, chequeando en qué lugar te encontrabas a alguien conocido, buscando en cuál estaba mejor el ambiente. Habían tantos lugares maravillosos en la ciudad amurallada: El Patio de Sam, María’s, Los Hijos de Borinquen, Amadeus, Escenario, Lazer, Aquí Se Puede y mi favorito, The Warehouse. La lista es larga, algunos siguen, otros cambiaron de nombre y dueño, pero el Viejo San Juan sigue siendo un lugar por donde caminas sintiendo la presencia de la historia debajo del carraspeo de tus zapatos. Además, te ofrece esa maravillosa variedad de poder ir de un restaurante ultra moderno y caro, muy europeo, con barra futurista y muebles blancos o anaranjados; a un chinchorro o barra de mala muerte, donde la cerveza es barata y a nadie le importa tu aparencia.
Siempre me emociono cuando entro al vestíbulo del Hotel San Juan con su imponente barra de madera tallada, su techo de bóveda y, sobre todo, la impresionante lámpara de araña o "chandelier", como un mar de estrellas diamantinas bailando sobre tu cabeza. Todo el "lobby" es una celebración al lujo y al buen gusto, pisos de mármol, sillones amplios y cómodos, un mostrador de madera que recibe a los que tienen la suerte de quedarse en ese hotel de ensueño. En medio de tanta ostentosidad todavía me pregunto: ¿cómo fue que mi clase graduanda logró celebrar el baile de graduación allí? No tan sólo tuvimos un baile en un sitio de maravilla, sino que también tuvimos dos tremendas agrupaciones musicales para amenizar la fiesta: la Orquesta de Tommy Olivencia y la de Roberto Rohena y su Apollo Sound. Cuando le cuento a los boricuas de Chicago (en su mayoría amantes de la salsa dura) quiénes tocaron en mi "senior prom" se quedan con la boca abierta. Yo desfilé con mi primo Esteban y, mientras los estudiantes iban desfilando (la mayoría con sus padres), alguien (no recuerdo quién) leía unas semblanzas sobre ellos que yo escribí, demostrando desde entonces mi pasión por juntar palabras e inventar ficciones.
Como la Orquesta de Roberto Rohena también cumple un aniversario, aquí les va la canción que considero el tema de nuestra clase porque la cantamos desde el barco crucero que tomamos como viaje de graduación mientras nos despedíamos de la isla y zarpábamos ansiosos rumbo al ancho mar:
por JVP






