











Palabra Pura presenta este miércoles, 21 de septiembre de 2011, a la poeta puertorriqueña Mairym Cruz Bernal en La Bruquena, localizado en el 2726 W. Division. El programa comienza a las 7:30 p.m. con micrófono abierto para los poetas que deseen participar. También contará con la poeta local Marta Collazo, y yo también estaré por allí cumpliendo con mi misión de "curadora" de la noche. No se pierdan esta oportunidad de escuchar los poemas fenomenales de esta poeta sensual, ingenua, erótica, apasionada y única. Sin duda, una de las voces poéticas más importantes de esta generación. Aquí les incluyo algo de su biografía y un vídeo para que empiecen a probar el banquete:Mairym Cruz-Bernal estudió psicología en Loyola University, New Orleans (Louisiana) y posee una maestría en Escritura Creativa de Vermont College, Norwich University. Ha publicado: Poemas para no morir, 1995; Ballad of The Blood/Balada de la sangre (edición y traducción al inglés de la poeta cubana María Elena Cruz Varela), 1995; On Her Face the Light of La Luna, Provincetown Arts Press, 1997; Cuando él es adiós, 1997; Soy dos mujeres en silencio que te miran, Madrid, 1998; Encajes negros, Lima, 1999; Querida amiga, querido amigo, coautora junto al cantante Danny Rivera, 1999; Alas de Islas, 2003; Enferma de mi deseo, México, 2006 y Ese lugar bajo mi lámpara, 2010, entre otros. Dirigió el grupo artístico-literario Puertas (1993-1999). Presidió el V Encuentro Internacional de Escritoras en Puerto Rico en el 2003. Actualmente es presidenta del Puerto Rico-PEN.
“Las personas racistas deberían pedir ayuda porque no es normal que en pleno siglo 21 haya personas que piensen de esa forma. Cualquier prejuicio entiendo que es una gran injusticia y todos tenemos que respetarnos independientemente de la raza, el sexo, la edad o las clases sociales”, Leila Lopes, Miss Universe 2011
Ya, desgraciadamente, se me acabaron las vacaciones de verano y, si me preguntan qué hice en estos meses, les cuento que me la he pasado saboreando libros de la biblioteca (ya no me queda espacio en los estantes para más libros, así que la biblioteca se ha convertido en mi mejor amiga). Como una fervorosa lectora, todo el año leo libros, pero en el verano leo con más gusto, más relajada, y me adentro en sus mundos como si viviera en ellos. Además, nada se compara con el placer de poder leer afuera rodeada de mis flores, o acostada en una silla tomando el sol cerca de la piscina, o sentada en un banco en el parque. Cuando se vive en una ciudad de crueles inviernos, los días cálidos se aprecian como amantes que enamoran el espíritu.

Me he comprado una bicicleta. No es nueva, ya tiene experiencia, la encontré en las páginas de Craig List. Para qué comprar una extravagancia si en esta ciudad de inviernos largos son muy pocos los meses que puedo usarla. Cuando me monté por primera vez en mi bicicleta nueva, tuve que asegurarme que es verdad lo que otros dicen: nunca se olvida a cabalgar el pasado. Me fui el lunes feriado, con 90 grados en la ciudad de Chicago, a pasear por el lago en el caminito creado para bicicletas, patines y tenis al trote que hay a lo largo de Lake Shore Drive. Poco a poco fui cogiendo confianza, recordando cuándo se suben o bajan los cambios, cómo funcionan los frenos. Con el lago a mi derecha, feliz de no estar metida en el tráfico a mi izquierda, me voy por el caminito y paso por museos, muelles, puentes, parques y fuentes donde la gente se para a recibir agradecida el agua que salpica por el viento. Voy despacio, todos me pasan, y me siento niña con mi bici nueva. Pedaleo rápido para alcanzar a otros. Siento el sol quemar mis hombros y el sudor bajar en tobogán por la espalda. Llego a Navy Pier, descanso y como algo. De regreso las rodillas tiemblan, la nalga duele, el viento sopla en dirección contraria y es más difícil empujar los pedales. Todavía me duelen las piernas, pero mañana de seguro me voy de nuevo al lago a pasear en mi bicicleta.
Mi querida amiga y colega, Yolanda Arroyo Pizarro, me hizo llegar esta foto de un artículo que salió hoy domingo en el periódico puertorriqueño, El Nuevo Día. Entre las "letras que invitan" se encuentran las antologías, En la 18 a la 1 y Ejército de rosas, proyectos ambos de los cuales me siento muy orgullosa de haber participado. Lindos los libros paraditos en fila como soldados. Las otras tres publicaciones suenan muy interesantes; tres más para mi lista de libros por comprar... JVP
Me he encontrado en Wikipedia con una magnífica lista de "slang" o frases típicas puertorriqueñas y no he parado de reírme de las ocurrencias del argot callejero. Entre mis favoritas están:
Mi madre siempre ha sido fabulosa. Se peina en la peluquería todas las semanas. Se arregla las uñas dos veces al mes. Siempre está bien vestida, elegante de la cabeza a los pies. Aunque ya no se puede poner los tacones de antes, igual rehusa ponerse "flats", tienen que tener "un taquito". Mejor adolorida que sencilla, me informa, mientras yo le recuerdo la operación del pie y la rodilla. Mi madre siempre se maquilla antes de salir de la casa. Espejo en mano, brochas, lápices, paleta de colores pintando mariposas en sus párpados. Hay una regla que repite: los zapatos tienen que hacer juego con la cartera. De niña pensaba que en el clóset, o quizás bajo la cama, las carteras y zapatos se juntaban a jugar. A mi madre también le encanta la joyería: los diamantes, los collares, las sortijas, los aretes. Pero su favorito es el prendedor, siempre lleva un animalito, flor, o lazo de piedras preciosas prendido al pecho, como medallas recibidas en una batalla. Le digo: tienes demasiados guindalejos, y me contesta, si no los uso cuando salgo, se llenan de olvido en la gaveta. Sé que me mira de reojo y me inspecciona: si tengo ropa apropiada, si me pinté los labios, si a las uñas no les faltan pedazos de esmalte. Párate derecha y saca la nalga, me ordena. Me quejo pero obedezco. Y trato de ser como ella: elegante, fabulosa y perfecta... JVP
Sábado, 16 DE ABRIL de 2011
Poemas de 56 boricuas vivas se incluyen en nuevo libro “Son 56 mujeres, escritoras, puertorriqueñas y están vivas”, define Mayrim Cruz Bernal la hueste de creadoras que conforman la antología “Ejército de rosas” que este viernes, a las 6:00 p.m., se presenta en el Centro de Estudios Puertorriqueños de Hunter College, en Nueva York. Allí, más de quince autoras leerán sus obras.
Indagar en torno a qué escribían los puertorriqueños -desafío lanzado por un chileno que conoció Cruz Bernal- dio paso a este poemario.
“De ahí viene la idea de descubrirnos y decidimos romper la fractura que nos tenemos”, indica Cruz Bernal en torno a la acostumbrada división entre los boricuas de la Isla y los de la diáspora.
“No vamos a usar esa palabra”, advierte, “las hiere a ellas y nos excluye a nosotras. Incluimos puertorriqueñas que escriben desde Estados Unidos pero también desde Holanda o México. Todas compartimos haber nacido en una isla rodeada de toda la incertidumbre del mar. Cada una lleva la isla consigo y somos isla”.
Resalta que la voz poética ya no pertenece a “la mujer llorona que espera por el hombre”. “Habla ahora una mujer revolucionaria, transgresora, que celebra esa libertad y, por qué no, cierto libertinaje”, indica.
Cruz Bernal se encargó de la recopilación del material publicado como Número Especial de la Revista Boreales, creada por Jesús M. Santiago Rosado y Yolanda Arroyo Pizarro. Myrna Nieves trabajó la coordinación.
Nemir me pregunta que cómo experimento ahora a Nueva York, como si sospechara que ya no es lo mismo que aquella primera visita que todo me parecía fascinante y majestuoso. Para sacar el valor de experimentar a Nueva York este fin de semana fue que decidí escribir mis primeros recuerdos, a ver si recobraba la ilusión de los primeros días. Alguna vez juré que nunca más iba a visitar la Gran Manzana; alguna vez vi sólo lo malo: la basura, los ratones, la gente empujándote, los trenes llenos de graffiti y suciedad, los vagabundos, la pobreza, el ruido, el tráfico, la prisa, los precios exorbitantes, el crimen, el miedo. Alguna vez odié a Nueva York por lo que me quitó... y porque me sabe a muerte. Pero hoy quiero mirar a esta fotografía (creo que es la única que tengo de una de mis muchas visitas) y alegrarme de que pude conocer a esa ciudad alucinante de la mano de mi hermanita Griselle, y junto a mi otra hermana Tuttie y mi mamá andar por las calles de Manhattan y sentirnos parte del corazón del mundo.
En Nueva York sentí por primera vez el frío del invierno. Primero me encantó estar afuera, pensé que era como tener el aire acondicionado prendido a todo volumen. Pero pronto entendí que la regla para soportarlo era meterse adentro lo más rápido posible. En Nueva York también vi nieve por primera vez. Estaba en un taxi con mi mamá, camino del aeropuerto al apartamento de mi hermana, cuando el motor del carro se paró y nos quedamos varadas en la autopista. La comunicación entre el taxista y nosotras se dificultaba porque ambos no hablábamos bien inglés. Cuando de repente miro por la ventana y veo que están cayendo, lo que me parecieron, plumitas blancas. Me bajé del taxi y sentí los copos derretirse en mi cara. Mi madre pronto me despertó del trance, y me mandó a entrar de nuevo al carro. Aunque el taxi nos dejó a medio camino, le tuvimos que pagar y tuvimos que irnos en otro. Yo tenía 18 o 19 años y unas ansias inmensas de perderme en el bullicio de Nueva York. Andar por las calles de la Gran Manzana a toda prisa, empujada por la ola de gente (nunca había visto tanta gente), sin saber cómo cruzar la avenida porque siempre venían carros. Entrar a todos los cafés, las tiendas chic, los restaurantes de moda; ir a ver musicales (Cats y 9 ½), visitar museos, coger una lancha a Staten Island y ver la Estatua de la Libertad, bailar en las discotecas, besar a un extraño. Todo eso hice en aquel viaje en donde aprendí que existía un mundo diferente a la isla en donde había vivido toda la vida. Creo que fue en Nueva York donde, probablemente, comencé a coger vuelo... JVP